159. Con los dedos congelados. Iditarod 2026 con Alberto aka Mambrú
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Alberto Mambru nos comparte su experiencia en la carrera de Alaska, destacando los desafíos, aprendizajes y momentos inolvidables de su aventura en condiciones extremas. Un reto que acabó antes de tiempo debido a las congelaciones en los dedos, pero que no por ello fue un fracaso… todo lo contrario!

 

Borja Gascón: Alberto, muy buenos días, bienvenido al podcast, ¿cómo estás?

Mambrú: Muy buenas, ¿qué tal, Borja?

Borja Gascón: Muy bien. Oye, primero: ¿te llamo Alberto o te llamo Mambrú? ¿Cómo te llaman y cómo quieres que te llame?

Mambrú: Bueno, a mí me llaman de cualquier manera. Me gusta que me llamen Alberto y me gusta que me llamen Mambrú. Mientras no me llamen tarde para comer, está bien. Pero bueno, Mambrú está bien, me parece muy cariñoso y a mí me gusta. Sí, hombre.

Borja Gascón: Supongo que ya te lo habrán dicho: eres todo un personaje. Cualquiera que te conozca en persona lo podrá decir mejor que yo y lo podrá constatar. La imagen que transmites es la de una persona entretenida, divertida y con mucha vitalidad. Así que tenía muchas ganas de tenerte aquí como invitado.

Mambrú: Una pieza… Muchas gracias, Borja.

Borja Gascón: Llevamos ya un tiempo con el tema de Alaska rondando el podcast de vez en cuando, casi un año diría yo, por el amigo Nacho. No sé si lo has conocido ahora en Alaska o ya lo conocías de antes.

Mambrú: Le conocía ya de antes, sí. Nos conocimos a raíz de esta carrera, pero hace unos ocho o diez meses más o menos que le conocí.

Borja Gascón: Vale. Pues a raíz de que Nacho es un buen amigo y ha pasado por el podcast un par de veces, he aprovechado para que contara cómo era la preparación de Alaska y qué os ibais a encontrar. Luego, hace menos de un mes, estuvo Willy, tu buen amigo Willy, tu mentor.

Mambrú: El italiano, sí.

Borja Gascón: Así que la gente que escuche el podcast estará ya familiarizada un poco con la Iditarod.

Mambrú: Pero también hay que decirle a la gente que escucha el podcast que somos completamente diferentes. Por un lado está lo trascendental de Willy, por otro lado está lo metódico de Nacho y luego estoy yo, que voy aparte de todo. No sé ni dónde puedo estar, ¿sabes?

Borja Gascón: ¡Exactamente! ¡Eso es lo que yo quería! Ahí es donde yo quería llegar: que todavía no sabes dónde ubicarte.

Mambrú: Yo soy el del montón, el que rellena el pelotón. Pues eso soy yo.

Borja Gascón: Bueno, a mí me da la sensación de que te gusta quitarte hierro e importancia, que vas un poco “a la virulé”, a ver qué te encuentras, pero que en el fondo te lo has currado y preparado muchísimo. Aunque no seas Willy ni seas Nacho, pues eres Alberto “el Mambrú”, y mucha más gente como tú habrá ido también a Alaska. Eres representativo de eso.

Mambrú: Por supuesto. También te digo que un reto como el de Alaska yo he estado años preparándolo; no es un reto cualquiera. He visto las consecuencias que tiene tanto en mí como en otros participantes, que si quieres después vamos contando, pero un reto como el de Alaska hay que prepararlo muy bien y hay que estar muy centrado. Luego, cómo te lo tomes es otra cosa: puede ser en plan carrera o en plan hobby. Pero estar preparado y seguro de lo que estás haciendo es fundamental.

Borja Gascón: Realmente de eso quiero que hablemos hoy: de tus diez dedos… de tus veinte dedos, porque has vuelto con los veinte, ¿no? Aunque se temía lo peor.

Mambrú: Sí, sí, sí. Aunque tengo algunos todavía curándose, hemos vuelto contundentes.

Borja Gascón: Ostras, ¡vaya ampollas llevas ahí en el dedo pulgar!

Mambrú: No sé si esto lo podemos mostrar o no, pero este es el índice y este es el pulgar. Realmente son quemaduras. Este otro, por ejemplo, igual. Este ya está bien, está regenerando toda la piel; de esto hace diez días y la verdad es que se está recuperando muy bien. Son quemaduras que hacen ampollas y luego la piel regenera. Todo el mundo me pregunta: “¿Cuándo llega el límite? ¿Cuándo te cortan el dedo?”. Lo que hace una quemadura es quitarte la capilaridad de los vasos sanguíneos de esa zona. Si dejas que se congele mucho y se muere toda la zona, entonces sí que se queda negro y hay que amputar. Por suerte lo cogimos a tiempo, hubo una actuación rápida gracias a unos primeros auxilios, un tratamiento inicial en Alaska y ahora aquí en España lo vamos a sacar adelante.

Borja Gascón: Mira, vamos a hacer como en las series de Netflix: ya hemos presentado que se te han congelado los dedos y que los has salvado, pero vamos a hablar de cómo pasó y cómo los salvaste un poco más adelante para que la gente se enganche a la entrevista. Vamos a empezar por conocerte, porque tú y yo no nos conocemos personalmente. Te sigo y sé que vives en una casa en el monte…

Mambrú: En Cercedilla, sí. Aquí en Madrid.

Borja Gascón: Y me da la sensación de que eres bastante “do it yourself”, te gusta ser un manitas.

Mambrú: Sí, la verdad es que sí.

Borja Gascón: Cuéntanos quién eres.

Mambrú: Pues mira, empecé con mi empresa en el año 2003, cuando tenía 23 años. Era una empresa de multiaventura, siempre ligada a la aventura porque era lo que me gustaba. Dije: “Jolín, voy a trabajar de lo que me gusta”. Hacíamos quads, paintball, tirolinas, tiro con arco, gincanas… un poco de todo. Luego evolucionó: monté un restaurante y un hotel. El restaurante lo abrimos en 2007 y nos pilló la crisis; imagínate, arruinado por completo. Poquito a poco fuimos arrancando, seguíamos con los grupos de multiaventura y animaciones. Yo cogía trabajo donde fuese. A raíz de ahí empecé a montar el hotel; lo hice todo yo mismo, con ayuda puntual, pero cada tablita y cada piedra la iba montando yo. Era un edificio antiguo y lo reformamos entero. Ahora vivo de eso: del hotel y de la madera. Soy carpintero artístico, por así decirlo. Hago carteles, cabañas enteras… un montón de movidas que molan mucho. Ese es el resumen de mis últimos 25 años.

Borja Gascón: ¡Joder! Oye, pues menos mal que no has perdido los dedos, no solo por el frío, sino porque es muy normal conocer a un carpintero al que le falta alguna falange.

Mambrú: Es verdad, siempre suelen tener algún accidente. Yo en ese sentido he tenido suerte; soy muy cuidadoso, pero hay que tener respeto a las herramientas.

Borja Gascón: Menos mal que los has salvado en tu profesión y ahora también en Alaska. ¿Te dedicas entonces a la hostelería con tu hotel en la Sierra de Madrid?

Mambrú: En pleno Parque Nacional, sí, aquí en Cercedilla. Estamos a 50 minutos de Madrid y tenemos un potencial de turismo exagerado.

Borja Gascón: ¿Qué tienes tú en la cabeza para que, siendo de la Sierra de Madrid, se te antoje apetecible ir a vivir a 30 bajo cero en Alaska?

Mambrú: Pues fíjate que… no sé, me has pillado. Pero Alaska siempre me ha llamado la atención, igual que Canadá. Siempre he tenido ese lado romántico de conocer el mundo, pero Alaska la tenía metida entre ceja y ceja desde pequeñito. Cuando conocí a Willy, él justo acababa de hacer el viaje desde Argentina hasta Alaska. Le pregunté si la conocía y me dijo que sí.

Borja Gascón: O sea, que le conociste en el 2000 y poco, hace un montón.

Mambrú: Nos conocimos en 2003 o 2004, más o menos.

Borja Gascón: ¿Cuando él se fue a vivir a Madrid?

Mambrú: Justo. Cuando se vino a vivir a Madrid conoció primero a mi primo Julián y luego a mí. Yo era de las pocas personas que tenía aquí; de hecho, me tocaba cuidar al perro de Willy, Waiki, el que encontró en el viaje. Fíjate. Esa idea romántica de Alaska, viéndola con Willy que me contaba historias y me enseñaba fotos (porque entonces no había los móviles de ahora), hizo que siempre quisiera ir. Siempre le decía: “Willy, tengo que ir a esa carrera un día”. Él decía que yo no estaba preparado, hasta que este año me dijo: “Alberto, creo que ya estás listo”. Él me ha ayudado a prepararlo todo. Y bueno, ahí hemos estado. Hemos salvado la papeleta, aunque no hayamos llegado a la meta y tenga esta herida. He disfrutado cuatro días de carrera, Borja, que no te imaginas. Increíble. Qué paisajes, qué bonito… ha sido mi sueño. Ha sido una verdadera pasada.

Borja Gascón: Es significativo que digas que se ha cumplido el sueño a pesar de haber acabado con complicaciones en el hospital y no haber terminado. Me gusta escuchar estas experiencias en el podcast porque ir a Alaska no es como ir a hacer Montañas Vacías o una ruta por la Sierra de Teruel.

Mambrú: Yo estuve haciendo Montañas Vacías en diciembre y, jolín, llegamos a siete bajo cero, pero estás en España; sabes que en cualquier momento llamas y en media hora tienes a alguien allí. Esto es otra cosa totalmente aparte. Si te pasa algo allí en medio, allí te has quedado.

Borja Gascón: Claro, a eso me refería. Si te vas un fin de semana a Teruel y te sale mal por una indisposición, te vuelves a casa y sabes que Teruel sigue ahí; la frustración es pequeña. Pero ir a Alaska es un proceso de años. Ahora que lo materializas, podría verse como un fracaso por no haber terminado los 500 kilómetros.

Mambrú: Bueno, en cierto modo sí, pero te explico por qué. Mi preparación no era como la de Nacho o la de gente que va puramente a competir. Yo iba a disfrutarlo, sabiendo que en cualquier momento podía rajar una rueda o tener un problema físico. Gracias a Dios eso no pasó; yo iba muy bien hasta el cuarto día. ¿Dónde está la satisfacción? Para un profesional, la satisfacción es ganar o quedar entre los cinco primeros. Para mí, mi satisfacción era estar en la línea de salida. Solo el inicio de la carrera ya me hizo decir: “Ya estoy aquí, no necesito nada más”. Vi auroras boreales, conocí gente, dormí en cabañas con cabezas de osos, vi alces… vi la naturaleza salvaje que siempre había soñado. Con el primer día ya tenía bastante; ya había llegado al culmen de lo que esperaba. Si hubiese llegado a la meta con música épica habría sido la bomba, pero no tuve esa necesidad. Con estos cuatro días me siento satisfecho. Es una pena lo de la congelación, pero la satisfacción depende de con qué te conformes. Yo me conformo con todo.

Borja Gascón: Eso es lo que quería recalcar: que a veces creemos que si no hay meta es un fracaso. Tú te has ido a la otra parte del mundo y, aunque no hicieras los 500 kilómetros, has cumplido tu objetivo porque el fin no era solo la meta, sino toda la experiencia previa.

Mambrú: Como decía Aristóteles o Nietzsche, la utopía no es llegar a la meta, sino disfrutar del camino. Yo he disfrutado preparándome, comprando el saco de dormir, poniendo los pinchos a las ruedas o eligiendo una camiseta térmica. Todo eso es parte del proceso. La carrera empieza en el momento en que te planteas el sueño. Llegar a la meta habría sido el colofón, pero no lo echo en falta. Me dio rabia e impotencia porque iba de maravilla, pero pasó lo que pasó. Ahí tienes que ser un poco estoico y aceptar los planes que no dependen de ti. Si hubiese sido por mala cabeza o por decidir dejarlo sin motivo, sería distinto, pero esto fue algo que pasó y hay que aceptarlo. Antes de perder los dedos, tienes que tener la cabeza fría para decir: “Hasta aquí hemos llegado”.

Borja Gascón: Enhorabuena por haberle cambiado el discurso al asunto y, a pesar del sofocón inicial, pasar al orgullo propio de haberte aventurado allí.

Mambrú: Es que saber que cabe la posibilidad de una retirada también es parte del entrenamiento. Puede ser por una rueda rota o cualquier cosa. Al principio le escribí a Carmen para no preocuparla y le dije que había reventado una rueda, porque allí nadie te va a traer una cubierta de Fatbike de repuesto a un pueblo remoto. Son tantas cosas… Solo el hecho de salir ya es una victoria.

Borja Gascón: Ya que nos has contado que te recogieron en moto de nieve y retrocediste un par de horas por los bosques, cuéntanos qué pasó exactamente para que tuvieras que retirarte.

Mambrú: La retirada fue por el tema de las manos. Esa noche salimos desde Finger Lake. Había un checkpoint con una carpa donde podías dormir, pero a las cuatro de la mañana nos despertaron porque no había sitio para todos y los que llevábamos más tiempo teníamos que salir. Nos preparamos y salimos sobre las cinco. Había unos 26 o 28 grados bajo cero y un viento atroz, de unos 65 km/h. Con esa sensación térmica, aquello era un infierno de frío. Salimos en plena noche, solo con los frontales. Las gafas se congelaban… íbamos tres: Willy, Juan Carlos Nájera y yo. Nos ayudábamos unos a otros. Había muchos árboles caídos en el camino. A las siete y media de la mañana, sin haber amanecido, solo llevábamos cuatro kilómetros. Tardamos más de dos horas para hacer cuatro kilómetros. El track tiene apenas un metro de ancho donde la nieve está dura por el paso de las motos; si te sales de ahí, te hundes metro y medio. El viento nos tiraba de la bici constantemente.

Llegamos a una bajada hacia Happy River que era como un tobogán de hielo. Tuvimos que tirar las bicicletas y luego tirarnos nosotros. Bajamos al río, que era de un hielo verde cristalino precioso, pero con un viento descomunal. Cruzó Willy, luego crucé yo y el hielo crujía… daba un miedo increíble. De repente oigo a Juan Carlos: “¡Alberto!”. Miro atrás y veo que se le han volado las gafas hacia el medio del río. Dejé la bici y fui andando con mucho cuidado a por ellas. Qué angustia pasé pensando que me iba para abajo. Tras cruzar el río, venía el “Happy Step”, un cortafuegos con una cuesta brutal donde hay que empujar la bici. Subimos las bicis entre todos y, sobre las once de la mañana, llevábamos solo 20 kilómetros. Es decir, en seis horas habíamos hecho 20 kilómetros. Estábamos bromeando porque ya había salido el sol, pero en ese momento le di un golpe a mi mano y dije: “Espera, tenemos un problema serio”. Willy me tocó la mano y me dijo: “Quítate los guantes ahora mismo”. Tenía los dedos completamente blancos y duros, como filetes de pollo sacados del congelador.

Tuvimos la cabeza fría. Willy encendió una fogata y yo me metí las manos en la entrepierna para darles calor. Gracias a eso recuperé bastante bien la mano derecha; la izquierda no tanto porque la metí más abajo. Pusimos la hoguera, aunque el calor tan fuerte de golpe no es lo ideal, así que nos alejamos un poco. Activamos los calentadores químicos, me puse las manoplas gigantes y decidimos que no podíamos quedarnos allí. Quedaban 23 kilómetros hasta Puntilla, el siguiente checkpoint.

Borja Gascón: Veintitantos kilómetros cuando los anteriores 20 os habían costado seis horas…

Mambrú: Efectivamente. Empecé a empujar la bici. Yo estaba fuerte de piernas, pero no podía agarrar el manillar. No sé en qué momento exacto se congelaron; cinco minutos antes estaba tirando de la bici y agarrándome a ramas. Quizás al tocar las ramas frías o al apretar el manillar sin dejar cámara de aire… el caso es que a los 500 metros pasaron unas motos de nieve. Willy les preguntó si podían llevarme. Yo le dije que les daba 300 dólares si hacía falta, pero los chicos no quisieron nada. Cargaron la bici en un trineo y me subieron a una moto. Tardamos hora y media en volver a Finger Lake. Allí me derrumbé. Me iba cruzando con gente que seguía en carrera y me daban ánimos, y yo iba llorando de rabia en la moto. Al llegar al checkpoint, Laura me preguntó: “Do you need a hug?” (¿necesitas un abrazo?). Le dije que sí y me puse a llorar como una magdalena. Sentía que había fallado a la gente que me seguía, pero sobre todo me preguntaba por qué me había pasado a mí si me sentía tan fuerte. Luego, con perspectiva, ves que no ha pasado nada grave. Alaska sigue ahí y yo he disfrutado al 100% lo que he hecho.

Borja Gascón: Enhorabuena por cambiar el chip. ¿Y Willy y Juan Carlos también se retiraron?

Mambrú: Juan Carlos se retiró en Puntilla, el siguiente checkpoint, porque también tenía congelaciones en manos, pies y nariz. Willy siguió un poco más, pero decidió no acabar y abandonó a los dos días.

Borja Gascón: ¿Cómo os habíais planteado la carrera? ¿Ir juntos?

Mambrú: Yo dije desde el principio que iba a mi bola. Los dos primeros días estuve solo o con un chico de Las Vegas. El tercer día me encontré a Willy y Juan Carlos y fuimos juntos porque íbamos a gusto charlando. Yo si me quiero parar a hacer una foto, me paro. Los tres primeros días fueron una pasada y el cuarto, a pesar de todo, fue una experiencia llena de emociones.

Borja Gascón: ¿Qué temperaturas tuvisteis?

Mambrú: Nacho llegó a estar a -45°C. Yo lo máximo que vi en el termómetro fue -28°C, pero con el viento de 65 km/h la sensación térmica era de unos -50°C o -55°C. Era horrible. Recuerdo la cara de Juan Carlos con el líquido de la nariz totalmente congelado. Las fotos parecen de supervivientes esquimales. El frío de -10°C a -25°C no se nota tanto en el cuerpo si vas bien vestido, pero las extremidades sí lo sufren. Ayer estuve con mi amigo Chingu, que es cirujano de manos, y me dijo que van curando bien, así que estoy tranquilo.

Borja Gascón: ¿Qué aprendiste sobre el material y la alimentación?

Mambrú: Aprendí mucho sobre los tiempos. La hidratación es vital para evitar congelaciones, y comer es fundamental. Se me veía en los vídeos comiendo sándwiches de Nocilla…

Borja Gascón: ¡Es lo último que me apetecería comer allí! ¿No tenías comida caliente?

Mambrú: Solo encendía el hornillo por la noche y por la mañana. Parar a mediodía con tanto frío para cocinar es un engorro. Solo el tercer día cociné comida liofilizada en una cabaña. El resto del tiempo tiraba de sándwiches, frutos secos y gominolas para no parar, porque si te paras diez minutos te quedas pajarito. Para no sudar (porque el sudor se congela), solo llevaba una camiseta de lana merino y un chubasquero. No llevaba Camelbak porque me hace sudar la espalda; llevaba termos con agua caliente, pero incluso así, cualquier gota que caía se convertía en hielo al instante.

Borja Gascón: ¿Pasabais por poblaciones?

Mambrú: Qué va, aquello está desolado. Veías una cabaña cada dos horas. Alaska es inmenso y casi toda la población está en Anchorage. No hay ni el Tato. Los sándwiches los hice en Anchorage antes de empezar y me duraron los cuatro días. Al final le di la mitad a un perro en Finger Lake porque estaban duros como piedras, pero el tío se los comió encantado.

Borja Gascón: ¿Cómo llevabas el material en la bici?

Mambrú: Llevaba bolsas de Geosmina. Iba en plan “bikepacker” clásico con alforjas de 13 litros. En la horquilla llevaba la cocina y herramientas. En el cuadro, cosas de mano como la navaja, bridas y el pasamontañas. En las alforjas, la comida. Y en una bolsa grande sobre el transportín llevaba todo lo de dormir: el saco de -40°C, la funda vivac de Gore-Tex y la esterilla. Tardaba unos cinco minutos en prepararlo todo para dormir, aunque recogerlo llevaba algo más.

Borja Gascón: ¿Dices que sueles ir a dormir al pinar a menudo?

Mambrú: Sí, aquí en Cercedilla me encanta hacer vivac. En verano y en invierno. Me gusta la soledad del monte. Luego bajo al pueblo, compro unos churros y voy a ver a mis hijas. Tengo dos niñas de seis y nueve años a las que les encanta la acampada y la bici. En casa no hay móviles, así que ellas hacen lo que ven: si yo monto en bici, ellas también. En vacaciones nos vamos con el Land Rover y la tienda de techo a la playa. Son filosofías de vida.

Borja Gascón: ¿Cómo se llama tu hotel?

Mambrú: Se llama Hotel Rural La Posada, en Cercedilla. Tenemos una comunidad muy chula en Instagram. Yo no vivo allí, vivo en mi casa a tres minutos para poder desconectar un poco.

Borja Gascón: ¿Con qué momento de Alaska te quedas?

Mambrú: Me quedo con la humanidad de la gente, como Mike, que me ayudó sin conocerme de nada. Y visualmente, con la aurora boreal que vi a la una de la mañana después de 12 horas pedaleando. Fue una maravilla. También el vuelo en avioneta viendo el McKinley (Denali) despejado… se te caen las lágrimas. Me llevo el sentido de pertenencia: ahora Alaska y la Iditarod forman parte de mí. Ha sido un viaje de vida, no solo una carrera.

Borja Gascón: ¿Viste muchos animales?

Mambrú: Alces enormes, que dicen que son peligrosos, y el águila de cabeza blanca. También estuve en una tienda de pieles viendo castores y lobos; es una cultura muy diferente.

Borja Gascón: Yo estoy enganchado a la serie Doctor en Alaska y vuestros vídeos me recordaban totalmente a eso.

Mambrú: Es que es igual, tal cual. Espero que hayamos acercado un poco esta cultura salvaje a los oyentes. Los vídeos de Nacho con el dron también van a ser espectaculares, aunque él fue más “racing” de lo que decía. No puede evitarlo, hay gente que es así de ansias.

Borja Gascón: Para terminar, un tema que no hemos tocado: la pasta. ¿Cuánto cuesta esta aventura?

Mambrú: Te lo puedo decir porque he echado cuentas. Entre la bici, el saco especial, la ropa técnica, los vuelos, el alojamiento antes y después… el total son unos 14.000 euros. Es el sueño de una vida. Gracias a Dios he tenido apoyos: Viajes Madroño con el billete, Oakley con las gafas, liofilizados para la comida, Mountain Group con la ropa y el saco, y la tienda Monkey Business de Cercedilla que se volcó conmigo. Geosmina también me dio todo el material. Restando las ayudas, me habré gastado unos 7.000 u 8.000 euros de mi bolsillo, pero están más que recompensados por la experiencia. ¡Y las clases de inglés gratuitas que he recibido allí hablando con todo el mundo!

Borja Gascón: Alberto, me pegaría horas hablando contigo, pero vamos a dejarlo aquí para quedarnos con ganas de más. Si algún día voy por Cercedilla te daré un toque.

Mambrú: Cuando quieras. Y si no es de Alaska, hablaremos de la siguiente: Montañas Vacías, la Corraliza, Colombia o China… ¡quién sabe! La clave es disfrutar, pase lo que pase.

Borja Gascón: Ahora que mencionas la Corraliza, la hice hace un par de semanas y pronto sacaré un vídeo. Te la recomiendo mucho.

Mambrú: La tengo pendiente, así que avisaré cuando vaya.

Borja Gascón: Eso está hecho. Un placer, Alberto. Cuídate mucho las manos. ¡Un abrazo fuerte!

Mambrú: ¡Venga, un abrazo a todos! Chao.