Portada del episodio: Alpinismo y ultraciclismo con Óscar Gogorza. Nuestra experiencia en Lo Voltor (La Garba)

Episodio 161 · 3 Abr 2026 · 1 h 24 min

Alpinismo y ultraciclismo con Óscar Gogorza. Nuestra experiencia en Lo Voltor (La Garba)

Notas del episodio

Óscar Gogorza, periodista de El País y alpinista experimentado, acaba de descubrir el ultraciclismo y el bikepacking. En este episodio, comparte con Borja Gascón su experiencia en Lo Voltor (La Garba), comparando las similitudes y diferencias entre el alpinismo extremo y las pruebas de ultradistancia en bicicleta.

De qué hablamos

  • Óscar Gogorza es periodista de El País y guía de alta montaña, con 53 años, y ha dedicado gran parte de su vida al alpinismo y la escalada en todo el mundo.
  • Su incursión en el ultraciclismo fue por casualidad, tras ser invitado a la Across Andes en Chile, pensando que era una prueba por etapas.
  • En Lo Voltor, Óscar y Borja coincidieron y compartieron parte de la ruta, aunque con diferentes estrategias de descanso y alimentación.
  • Óscar destaca que el esfuerzo físico en el ultraciclismo es más demoledor que en el alpinismo, donde el límite es más mental por el miedo.
  • Se aborda la ética en el alpinismo y el ultraciclismo, la importancia de la honestidad y la experiencia personal frente a la competición.
  • Óscar narra una anécdota de su libro «Montañas de luces» sobre un alpinista que robó fotos de cima para atribuirse un ascenso al Everest.
  • Comparten sus vivencias durante la noche en Lo Voltor, el frío, la fatiga y las dificultades técnicas con el material.
  • Se mencionan los beneficios de la comida real frente a los geles, la importancia de la hidratación y la gestión del sueño en ultradistancia.
  • Óscar ha practicado el «solo integral» en escalada, sin cuerdas, pero lo abandonó por preferir la compañía y la seguridad.

Capítulos

  • 00:00 Introducción y encuentro en La Garba
  • 03:00 Motivación para participar en Lo Voltor
  • 05:00 Trayectoria de Óscar Gogorza en el alpinismo
  • 08:30 Cambios en el alpinismo y la llegada de «compradores de experiencias»
  • 11:00 Cómo Óscar descubrió el ultraciclismo con la Across Andes
  • 15:00 La experiencia en Lo Voltor: viento, Dot Watching y llegada a meta
  • 19:00 La ética en el alpinismo y el ultraciclismo: la mentira como doping
  • 22:30 Anécdota del alpinista que robó fotos en el Everest
  • 25:00 Comparación del esfuerzo físico entre alpinismo y ultraciclismo
  • 28:00 Crisis de alimentación y bajón en el primer día de Lo Voltor
  • 31:00 Estrategias de alimentación y geles de cafeína
  • 34:00 La noche en Lo Voltor: frío, sueño y problemas con el GPS y el cambio
  • 40:00 Anécdotas de Dot Watching y apoyo en pueblos remotos
  • 43:00 El amanecer, el café y la importancia de los pequeños conforts
  • 46:00 La sensación de los pies fríos y la gestión del material
  • 48:00 El momento más gratificante de Lo Voltor: la cima del Mon Caro
  • 51:00 La desconexión y la «cápsula del tiempo» del ultraciclismo
  • 53:00 Las similitudes entre alpinismo y ultraciclismo
  • 55:00 La práctica del «solo integral» en escalada y por qué lo dejó
  • 59:00 Despedida y planes futuros de escalada y ciclismo

Mencionado en el episodio

Lo Voltor (La Garba), Across Andes, Basajaun, Transpirenaica, El País, Montañas de luces, Everest, Mont Blanc, Cervino, Aneto, K2, Chaltén, Chamonix, Riglos, Taillón, Coros, SRAM, Geosmina, Maurten, Ulrich Bartholmoes, Héctor, Fruco, Néstor, Dani, Pablo Herrero, Juan Antonio Flecha, Mazón, Alex Honnold

Descripción del episodio

Óscar Gogorza, escritor en El País, después de una vida dedicada al alpinismo, acaba de conocer el mundillo de la ultradistancia.

Hoy hablamos de nuestra experiencia corriendo Lo Voltor (La Garba) y aprovecho para preguntarle similitudes con respecto al alpinismo.Es autor del libro Montaña, el cual sortearemos el próximo 30 de abril entre socios del Club.

Leer la transcripción 7.823 palabras

Borja Gascón: Muy buenos días, Óscar. Qué placer tenerte aquí en el podcast.

Óscar Gogorza: Bueno, muchísimas gracias, Borja. El placer es todo mío, te lo puedo asegurar.

Borja Gascón: Placer compartido, placer mutuo entonces. Ya me alegro mucho de haberte conocido en La Garba el otro día y la verdad que…

Óscar Gogorza: Y tanto. Se me hacía raro porque paso muchas horas en el coche conduciendo, disfrutando tu podcast y la verdad es que, de repente, verte en vivo y directo y pedaleando se me hizo muy raro. La verdad es que me gustó mucho.

Borja Gascón: Escuchar la voz en vivo… O sea, la gente dice: «Hostia, tu voz la tengo tan escuchada a través del coche. Qué raro, en vivo».

Óscar Gogorza: Sí, sí. La verdad es que… bueno, también valorando el trabajo que haces de difusión, de conocimiento, del que todos aprendemos. La verdad es que es muy de agradecer porque es sacrificado, no es fácil y llevas ya 160 episodios. Me parece algo muy digno de reseñar, la verdad. Muchos los he escuchado, y algunos…

Borja Gascón: ¿Los has contado? Muy bien. ¿Te los has escuchado todos?

Óscar Gogorza: Alguno doblado, como el de Lo Voltor, porque son los que más me interesan. O los de Basajaun o Transpirenaica, los he doblado porque sí que aprendes mucho; hay matices, hay cosas… Y bueno, pues los que hemos llegado recientemente a este mundillo y no controlamos, como yo en absoluto, pues está muy bien que haya alguien que te enseñe un poco y te guíe.

Borja Gascón: Claro. Seguro que la entrevista de hoy a mucha gente nos va a servir porque tenemos un perfil bastante nuevo en el programa: es alguien que viene del alpinismo más extremo. Es la primera persona que conozco que pasa de los 8.000 metros, ahí tratando de llegar al Everest. Vienes de todo ese mundillo que tanto se puede parecer quizás a la ultradistancia, que ya nos irás contando, y ahora te has pasado a la aventura, al bikepacking, a la ultradistancia. Estás haciendo tus incursiones en pruebas como Lo Voltor este fin de semana pasado, donde coincidimos, así que no tengo duda de que va a ser muy interesante para mí el primero y también para mucha gente que lo escucha. Por cierto, hablando de eso de que me has agradecido el trabajo y demás, te agradezco tus palabras. En el evento de La Garba, la verdad es que es donde más gente me viene, me saluda, me agradece, así que desde aquí a los que lo estén escuchando y que se acercaron el otro día en La Garba a saludar y a agradecer, pues os doy las gracias. Incluso a los que salen por el camino en Nonaspe. Pasó —bueno, ya lo iremos contando ahora— que había afición en Nonaspe; yo no sabía que había tanta afición al Dot Watching. Así que bueno, a toda esa gente que saludáis, os acercáis y mostráis el cariño, muchas gracias también. Vamos a empezar un poco con lo que hemos vivido porque cuando tú llegaste a meta yo estaba frito en la cama y al día siguiente te llamé y tú ya estabas de vuelta a Irún, que tenías un buen trecho. Así que no hemos hablado de lo que ha pasado y eso me gusta más: no saber cómo te ha ido exactamente porque así ahora lo descubro en el podcast. Para empezar, ¿cómo se te antoja venir a Lo Voltor?

Óscar Gogorza: Pues porque lo escuché en el programa y no conocía la zona del Delta del Ebro y Tarragona. Conocía un poquito porque había ido a escalar alguna vez, pero sobre todo me motiva el día a conocer sitios nuevos. Al final parece mentira, pero lo que menos conozco es lo que más cerca tengo de casa. He viajado a un montón de sitios por el tema del alpinismo y de la escalada y un poco como despreciando lo que tenía en casa. Y creo que es un error y ahora me apetce mucho conocerlo, pero no de una manera turística habitual, sino a mi manera: haciendo turismo en bicicleta. Y eso me motivaba mucho. Uní lo que había escuchado con el perfil y al recorrido y dije: «Bueno, pues tiene que ser bonito». Me cuadraba por fechas y dije: «Venga». Además tenía ya muchas ganas porque solamente he hecho dos pruebas de ese tipo: una en Chile, la Across Andes, y el año pasado la Basajaun. He disfrutado tanto las dos que al final me llama mucho. Y también tenía en la cabeza el pequeño reto de intentar no dormir. Cosa que al final no he hecho porque he dormido, pero también tenía un poco ese aliciente de ver cómo va. Porque estaba siempre muy conservador, siempre he dormido muchas horas —7 horas, 8 horas—. Y decía: «Bueno, a ver si apretando un poco conseguimos ir un poco en modo menos turístico y en modo un poco más competición». Ese era un poco el aliciente, digamos.

Borja Gascón: Dices que conoces medio mundo y que al final lo que tienes más cerca de casa pues a veces le damos menos valor y ahora te has dado cuenta de que te apetece conocerlo. Para quien no sepa exactamente por qué te has recorrido medio mundo, primero cuéntanos: tú eres escritor de El País, llevabas la revista de Campo Base… Profesionalmentem ¿por qué te has recorrido todas las montañas habidas y por haber del mundo?

Óscar Gogorza: Pues, como bien dices, sí, soy periodista, esa es mi carrera. Trabajo en El País —escribo para El País desde el 98—, pero hubo un momento en mi vida en que entré en el mundo del alpinismo y de la escalada y fue una pasión un poco furibunda. Decidí dedicarme a ello y decidí hacerme guía de alta montaña. Entonces, bueno, no se puede ser guía si no escalas y si no haces muchas cosas: esquí, escalada en roca, escalada en hielo… Y eso al final te lleva a querer hacer más y más. Vas conociendo lo que tienes por aquí, por el Pirineo, luego Alpes, luego sueñas con el Himalaya, luego Yosemite, Canadá… Es una forma de viajar por el mundo haciendo una actividad; en este caso el alpinismo te permite no solo escalar, sino conocer un montón de civilizaciones y de lugares, que al final es lo que realmente te motiva. Y así he estado muchos años. Ahora también tengo ya 53 años, igual la pasión por el alpinismo se ha atenuado también, necesitaba algo nuevo y ha llegado la bici. La bici me está dando esa ilusión o esa chispa que igual no tenía ya tanto con el monte, porque también han sido muchos años a piñón y yo creo que mi cabeza ha empezado a estar un poco saturada.

Borja Gascón: Ya. También porque has visto que el alpinismo ha ido cambiando… Imagino que si tú empezaste hace 25 años, ¿era el Mont Blanc o el Everest el mismo circo —entre comillas— que es ahora?

Óscar Gogorza: Sí, a ver… ahora parece que se sabe todo mucho más por las redes, pero el Mont Blanc ha sido un circo desde que se conquistó. O sea, siempre ha sido una montaña muy comercial y eso no ha cambiado, igual que el Cervino. La comercialización no ha cambiado. Si tú vas a los montes clásicos, ya sea en Alpes, Himalaya o en el Pirineo —vas al Aneto en verano y es la romería—, eso no ha cambiado. Lo que pasa es que se ha exacerbado con las redes sociales y parece que todo es nuevo, pero siempre ha habido eso. Siempre ha habido guías currando a saco en el Mont Blanc, en el Cervino o en el Monte Rosa. Lo que ha cambiado un poco es el perfil de la gente. Antes era gente un poco más montañera que tenía un reto o contrataba un guía porque necesitaba un compañero para hacer una actividad. Desde la pandemia, sobre todo, ha llegado mucha gente que tiene una capacidad adquisitiva elevada y que quiere experiencias, comprar experiencias. No es importante tanto el monte como presentar la foto de que han hecho esto.

Borja Gascón: Como quien decide ir al espacio y que le suban a Marte.

Óscar Gogorza: Exactamente. Sí, a veces vas con ellos y ves que vas con alguien que es como un astronauta porque no le importa nada ni la historia de este monte ni nada más que enseñar la foto. Y sí, en ese sentido es un poquito pena. Tampoco podemos quejarnos porque vivimos de ello y somos parte del círculo de los guías, pero es lo que hay. Eso es lo que más ha cambiado realmente. Pero bueno, lo que ha cambiado sobre todo es en mi interior. Para ir al monte a hacer alpinismo a saco tienes que estar muy proyectado, muy motivado, muy enchufado porque al final te la juegas también. Cuando eso no está ahí al 100%, es peligroso. Por eso sigo escalando y sigo haciendo cosas, pero más tranquilo.

Borja Gascón: Oye, una pregunta. ¿Se escucha un llanto o un ruido de fondo? Es que no sé si va a estar luego en la grabación.

Óscar Gogorza: Este es mi perro, perdona. No sabía que se escuchaba, es mi Lola. Ya lo siento, ya se ha ido.

Borja Gascón: Qué maja. Es porque si no luego igual en el audio se escucha todo el rato de fondo y se hace molesto.

Óscar Gogorza: Sí, no, no. Ya lo tengo tan interiorizado que no me he dado ni cuenta.

Borja Gascón: Oye, dices que estabas un poco ya saturadillo de tanto alpinismo. ¿Cómo se te ocurre ir a Across Andes? ¿Cómo se te ocurre meterte en el backpacking?

Óscar Gogorza: Pues realmente no se me ocurrió. Conocí en un viaje por el Pirineo a un uruguayo que hace muchos raids, aventuras y muchas pruebas de ultraciclismo y me escribió un día y me dijo: «Óscar, tienes que venir a esta prueba que es alucinante». Vi de qué se trataba, Across Andes… ¿Qué distancia tiene? Me decía mil kilómetros y pensaba que era por etapas: o sea, que hacías una etapa de 100 kilómetros, dormías, al día siguiente otra… Yo conocía la Patagonia Argentina —había ido al Chaltén a escalar— y no conocía la Patagonia chilena que es mucho más verde y me motivaba mucho conocer ese contraste. Removí Roma con Santiago y compré los billetes de avión. Después de comprar los billetes me puse a mirar en qué consistía la prueba y entré en la página web: «Prueba de ultraciclismo en autosuficiencia». Entonces entré en pánico y dije: «¿Qué es esto?». Porque yo pensaba que el ultraciclismo era cosa de locos; pensaba que en la vida iba a hacer eso, que hay que estar chalado. Entré en pánico, le llamé y me dice: «Sí, claro, ¿pero qué pensabas que era?». «No, pensaba que era algo de andar por casa, tranquilo, por etapas». «No, hombre, no… pero bueno». Y dije: «Bueno, pues ya que voy, voy». Empecé a hacer mil cálculos y dije: «Si soy capaz de hacer 200 kilómetros al día, más o menos entro en el tiempo porque nos daban cinco días». Y la verdad es que fue una maravilla. Fue una maravilla, una sorpresa y me enganchó muchísimo. Y eso que tuvimos tres días infernales de lluvia, pero algo se movió ahí dentro. La sensación de viajar, de estar desconectado, de avanzar con prisa pero a la vez sin prisa, me gustó mucho. Y luego también que no competí: yo dormía todos los días 7 u 8 horas. No tuve mucho estrés, llegué bien y con pena de que se acabase. Ese fue un poco el clic.

Borja Gascón: Como un marqués. Es que es posible hacerlo así también. De hecho, a Fruco lo conociste —cenamos con él el otro día en La Ampolla—; él y Néstor la han hecho así, durmiendo los dos días de Lo Voltor siete u ocho horas cada noche. O sea que poder, se puede. Simplemente si te lo quieres tomar un poco como —no sé cuáles serían los términos para distinguirlos— quizá como ultradistancia y como bikepacking, o modo carrera y modo vacaciones. Todo se puede, aunque si te duermes en los laureles quizás no se puede tanto. Hay mucha gente de este fin de semana en Lo Voltor que, con el viento tan salvaje que hizo el último día, si no llega a ser porque la organización decide acortar el recorrido para evitar daños, es posible que no hubiera llegado en tiempo. Gente como Fruco o Néstor, que se lo tomaron con más calma y disfrutaron de cenar menú todos los días y comer súper bien, con tantísimo viento que hizo el recorrido original quizás no lo hubieran podido terminar en tiempo.

Óscar Gogorza: Pues no sabía que habían acortado porque yo llegué el sábado a las diez y media de la noche ya con un viento muy potente, en los últimos kilómetros sobre todo, que nos tiraba de la bici. Me acuerdo de haber escuchado tu relato el año pasado y pensaba que no me iba a pasar. Pero de repente me veía tirado en un arrozal y dije: «Pues me está pasando». Yo nunca había tenido ese viento en la bici, fue una cosa inhumana. Claro, al día siguiente daban más y por eso igual acortaron para los que llegaban el domingo.

Borja Gascón: Claro, sí. O sea, ¿tú llegaste a qué hora a meta?

Óscar Gogorza: Yo llegué a las diez y media de la noche. Tardé 37 horas, 7 horas más que tú. ¿Qué te parece? No, bueno… cuando yo llegué a las diez y media es que no había nadie. Había tres de la organización, creo.

Borja Gascón: Anda, yo pensaba que habías llegado de madrugada, entonces no sé cómo no te vi. Ostras, pues es que algo estaba mal en el Dot Watcher porque yo a esas horas me había ido a cenar y miré por dónde estabas y me aparecias arriba del… casi en el Mon Caro.

Óscar Gogorza: No, es que ya me han dicho que el Dot Watcher no funcionó bien porque se paraba. Yo pensé que íbamos el 30 o así, y ahora en meta pone que llegamos el 17, porque me junté con un chico al final —Héctor— y llegamos juntos el 17 y 18. Pero incluso mi pareja me decía: «Yo pensaba que ibas mucho más atrás», porque se quedó como bloqueado.

Borja Gascón: ¡Holín! Pues qué rabia, te hubiera ido a esperar. Es que miré y me aparecía que estabas todavía en los puertos de Beceite y no habías llegado al Caro todavía. Entonces te escribí y te dije: «No sé si tienes plan de dormir por ahí en algún lado, pero subir el Caro ahora, coronarlo y bajarlo es una auténtica locura». Porque hacía muchísimo viento ya.

Óscar Gogorza: No, sí que lo coronamos de día y arriba me tuve que buscar un sitio para protegerme y poder ponerme la ropa para bajar, porque arriba no había manera. De hecho, cuando giré arriba en la antena me vino una ráfaga, me tiró contra una piedra y no me estampé de milagro. Bajé un poquito a un sitio, me refugié, llegó Héctor, nos refugiamos juntos, nos cambiamos y ya para abajo. Ahí tuvimos un montón de tiempo de viento de espaldas, maravilloso. Hasta llegar al propio Delta; ahí ya, cuando empiezas a girar entre arrozales, fue el infierno. Yo veía las luces de La Ampolla y decía: «No vamos a llegar nunca, es que es imposible». Esprintando a tres por hora. Era cómico, fue tremendo. Pero no me extraña que no estuvieras.

Borja Gascón: No sé si estaba por ahí pululando; si me había ido a cenar tarde me estaría tomando un helado por ahí. Al final me eché tarde a la cama. No confiabas en mí, Óscar, me parecía que estabas mucho más lejos. O sea que subir el Caro fue casi como subir la cara este de la Annapurna.

Óscar Gogorza: Héctor me decía: «Esto de subir por un sitio para bajar por el mismo sitio… que le den, nos vamos». Y yo dije: «No, no, que nos van a ver en el Dot Watcher que no subimos y es trampa, hay que subir como sea». Y bien, la verdad es que subí bien. Como se va por carretera, subimos bien tranquilos sabiendo que luego teníamos una bajada muy larga ya hacia la meta. Me gustó, y luego abajo había una sorpresa: yo no sabía que había un avituallamiento de la organización para los de las otras distancias pero permitían también a los de Lo Voltor entrar. Fue una maravilla. Comimos bien y ya con las últimas fuerzas para llegar. Una maravilla de prueba.

Borja Gascón: Qué bueno. Dices que le dijiste al compañero que eso era trampa, el no coronar y bajar. En tu libro Montaña de luces (se refleja mucho también un poco eso de la ética y el estilo que tú defiendes: creo que el fin no justifica los medios en cuanto a coronar una cumbre. Leyendo el libro me… Claro, a mí me ha gustado mucho la montaña desde que iba a los tresmiles. Tenía un cuaderno donde me iba apuntando todos los que hacía y lo perdí. Con nueve años subí el Aneto y estaba muy motivado, pero luego me desconecté del alpinismo. No he leído mucho hasta justo ahora que me ha dado por esta época. Y claro, en tu libro son historias cortas que terminan y empieza otra historia completamente diferente, es súper entretenido. Comentas las pillerías, las trampas, la gente que va simplemente por ego o una cuestión de reconocimiento social o dinero…

Óscar Gogorza: Sí, yo siempre digo que la mentira en el mundo del alpinismo es el doping. O sea, el doping del alpinismo es la mentira realmente. Uno tomará cosas… pues sí, siempre se han tomado sustancias para mantenerte despierto. Desde los primeros himalayistas en los años 50: Hermann Buhl escalando el Nanga Parbat forrado de droga, vamos… se sabe que eran anfetaminas. Maurice Herzog en el Annapurna lo mismo; va puesto de anfetaminas y no se da cuenta de que se está congelando los dedos. Eso siempre ha pasado y más o menos se ha tolerado porque no se considera un deporte de competición regulado. Pero lo que no se soporta o lo que no debería tener sitio es la mentira. Y siempre ha habido mentirosos: grandes mentirosos que incluso eran grandísimos alpinistas a la vez, pero que en un momento dado se crean un personaje y no pueden salir de ahí. En el libro recojo alguna historia así, alguna que he vivido personalmente y te deja tocado. Nunca he entendido lo de mentir, porque al final puedes mentir al resto, pero nunca te puedes mentir a ti mismo. Si yo el otro día, por ejemplo, no subo a la antena del Caro al final, sé que me hubiera fastidiado un montón; hubiera estado en casa pensando: «¿Por qué fui tan débil si era la última subida?». Eso en el mundo del alpinismo obliga a creer al que lo ha hecho porque no hay jueces. Es muy curioso porque en el ciclismo profesional sí hay jueces. Quizás el ciclismo profesional sería como el alpinismo de expedición, y el bikepacking como el estilo alpino. En el estilo alpino subes ochomiles o lo que sea con lo puesto, sin una expedición detrás que te va montando tiendas, trayendo botellas de oxígeno y demás; tú lo llevas encima. Y eso en el ciclismo de ahora, el estilo alpino sería aquí el bikepacking o la ultradistancia. Por suerte no está regulado como el ciclismo profesional, aunque tiene sus puntos: cada uno puede hacer trampas de una manera bastante fácil si quiere: coger un autostop, etc. Hay algunas organizaciones que tienen voluntarios siguiendo el Dot Watcher y calculan velocidades medias para ver si es real.

Borja Gascón: De tu libro me quedé con la historia de un argentino muy oscura. Le roba la cámara de fotos a un compañero de expedición —un español— en el Everest.

Óscar Gogorza: Sí. Fue un año muy curioso porque íbamos por la cara norte —la tibetana— y fue un año de muy mal tiempo, sin cimas. En una expedición estaba este chico argentino y un hombre de Vitoria que era cartero. Al final, cuando todos nos retiramos, el cartero y el argentino allí seguían. Iban con oxígeno artificial y pillaron una ventana de buen tiempo. Se fueron para arriba con un par de sherpas. El argentino se dio la vuelta a mitad de camino del último campo hacia la cima, y el vitoriano siguió con su sherpa hasta la propia cima. En la cima se tropezó, se cayó y no se mató porque su buzo se quedó enganchado en un saliente de roca; eso fue tremendo. Bajando se le acabó el oxígeno y entró en barrena; pasó una noche al raso a 8.500 metros, muy alto. Cuando llegó al último campo de milagro, el argentino le echó una mano pero enseguida se fue y volvió a dejarlo solo con un sherpa. Al final consiguió bajar, tuvo congelaciones muy graves en las manos y le amputaron muchos dedos de ambas manos. En casa, cuando cogió su cámara, se encontró con que no tenía carrete. En el año 2000 no llevábamos móviles, llevábamos cámaras con carrete de diapositivas. Para su disgusto, no tenía foto de cima. Pasó el tiempo y de casualidad vio una charla del argentino en la que salía una foto de cima; el argentino decía que era él, cuando en realidad era el vitoriano. Claro, como no se le veía la cara por la máscara de oxígeno, podía ser cualquiera, pero él sabía que era él porque llevaba su buzo. El argentino estuvo diciendo que había hecho cima demostrándolo con las fotos robadas. Fue tremendo. Nunca recuperó el carrete, pero recuperó una grabación de la charla y de esa foto hizo una captura. Tiene su foto borrosa en la cima del Everest.

Borja Gascón: Ostras, hoy en día eso es impensable. ¿Qué ha sido de él? No das su nombre en el libro, me parece bien.

Óscar Gogorza: No doy el nombre porque tampoco se trata de machacar a nadie; no mató a nadie y al final la gente enloquece con estas cosas. También hubo uno que dijo que había subido al K2 y estuvo escondido detrás de una piedra cuatro días, siendo un alpinista de élite. Le pudo la presión. En el pecado va la penitencia y por eso no pongo el nombre. Desapareció del mundillo del alpinismo y nunca más se supo.

Borja Gascón: Joder, y con estas historias ahora te metes en la bici. En Lo Voltor habrás vivido algo… Yo me imagino tus experiencias: tú has pasado la línea de la muerte de 8.000 metros, has vivaqueado por ahí, has hecho escalada libre… Para ti el ultraciclismo tiene que ser una risa, un juego de niños. Ahora que estás pedaleando por el Matarraña de noche, mira tú qué aventura.

Óscar Gogorza: No te creas. En el alpinismo el tema es que pasas miedo, tienes que estar muy alerta. La dificultad viene de superar el miedo, pero nunca llego a estar tan hundido físicamente como con la bici. A nivel aeróbico la bici es demoledora. Nunca he llegado tan lejos escalando; incluso escalando 24 horas seguidas en los Alpes llegas cansado pero no tan al límite físico. Igual estás al límite mental por la experiencia pero no físico. En la bici es anímico y es físico también. Hay un momento en que no puedes más: te duele el cuello, el culo, la espalda, las piernas se acalambran… Pero también es violento psicológicamente. Yo quería haber pedaleado toda la noche, pero llegó la noche y dije: «Que le den por el saco, no me quedo ahí fuera en la pampa con este frío ni de broma».

Borja Gascón: No hizo frío…

Óscar Gogorza: Sí, sí, sí. Yo pensaba en ti y decía: «Este Borja…». Repasaba el material que llevabas y pensaba: «¡Si no lleva nada el tío!». Ibas con tu maillot finito. Yo así no voy. Son cosas distintas pero no… desde el punto de vista del esfuerzo físico, el alpinismo es duro pero no llega a ser tan duro como la bici, nunca.

Borja Gascón: Qué curioso. En Lo Voltor salimos juntos, hicimos un grupillo al principio y en algún momento te paraste a hacer pis y te perdí sobre el kilómetro 40 o 50. ¿Cómo fue para ti el resto de ese día? ¿Te habías exprimido de más al principio o ibas bien?

Óscar Gogorza: Al principio decía: «¿Pero qué lentos vamos?». Yo miraba a Ulrich Bartholmoes…

Borja Gascón: Ulrich yo creo que no quería ir solo tantísimos kilómetros y dijo: «Al menos 20 me los pego en compañía». Pero vamos, que tampoco le sirvió de nada porque iba delante él.

Óscar Gogorza: Sí, luego vi el momento en el que arrancó con otros tres. Nos quedamos unos 8 juntos y yo iba muy bien. En el Garmin me apareció una subida de 12 kilómetros; hubo un momento en que tuvimos que echar pie a tierra porque patinaba y me quedé atascado y dije: «Va, voy a mear, me quito ropa y sigo, que como son 12 kilómetros ya los cojo». Pero era subida y bajada con piedra e iba incómodo. Me equivoqué, tenía que haber seguido con el grupo. Ahí tuve un bajón porque iba a estar solo un montón de rato. De repente me di cuenta de que llegué al kilómetro 70 y no había comido nada. Ostras, ahí empecé a encontrarme mal, muy cansado, y del 70 al 90 pasé una crisis épica. Me adelantaron dos holandeses y me pedían relevo. «¿Pero qué relevo si voy muerto? Déjame en paz que esto no es un World Tour». Ahí me encontré con Héctor, que iba en nuestro grupo y se había parado a beber, y ya nos juntamos. Teníamos el mismo ritmo y fuimos juntos. Fue una gozada, pero el primer día se me hizo muy duro por ese bache.

Borja Gascón: Te pegaste sin comer 70 kilómetros. Yo el año pasado empecé a coquetear ya con esto; yo siempre iba de barritas de frutos secos que me hacía yo, llevaba un kilo y medio y acababa tirando 900 gramos porque me saturaban. Luego napolitanas, gominolas… basura. Pero nunca iba comiendo con mucha frecuencia porque, como no tengo hambre, pensaba: «Voy a guardarlo para cuando me dé el hambre de verdad». Al final acababa muerto y con comida de más. El año pasado asumí que los polvos de carbohidratos en el bidón son un invento por algo: funcionan y la gente por eso los lleva. Yo cuando entreno siempre uso agua, pero para estas pruebas los he adoptado. En Lo Voltor me hice una estrategia: sabía que había dos puntos para coger bocatas y me llevé geles y barritas a saco para estar comiendo todo el rato y no guardar para luego. Es la clave para no desinflarte. Me llevé casi 30 —entre geles y gominolas— de la marca Maurten y ha sido un auténtico descubrimiento para mí.

Óscar Gogorza: ¿Y dónde los llevabas, Borja? Si yo te veía medio desnudo. Decía: «¿Pero este de dónde saca la comida?».

Borja Gascón: Pues en la bolsa esta de arriba, la de Geosmina que es súper larga. Parecía la chistera de un mago. Ahí tenía todos los geles y la GoPro. La próxima vez lo haré al revés: pondré arriba las gominolas y en la del cuadro los geles. ¿Qué pasó? Que de tanto abrir y cerrar para meter la cámara, chafé un gel, explotó y la guarrada que se creó ahí dentro… picaba todo, la cámara sucia… un desaguisado. Pero lo cuento porque cuando descubro algo me gusta compartirlo: parece obvio que hay que comer, pero a veces es difícil hacerlo todo el rato.

Óscar Gogorza: Es difícil, sí. 70 kilómetros son casi cuatro horas al ritmo que vamos. Cuando miré el Garmin y vi que llevaba cuatro horas sin comer me di cuenta de que por eso estaba fatal. Pero no me apetecían geles. Llevaba 15 y volví con 14, los he paseado. Sin embargo, llevaba unos bocadillos de pavo y de Nutella y eso sí me vino bien. La comida real me sienta mejor; cuando la gente dice «me tomo un gel e iba como un tiro», a mí no me hace nada. No sé a qué se debe. La comida física me va bien. También bebí muy poco porque, al no llevar Camelbak, sacar y meter el bidón en gravel no es fácil y cometí ese error. Mi rendimiento bajó; igual hubiera podido ir más tiempo con vosotros, lo cual me hubiera venido bien por la compañía. Mentalmente no estamos tan acostumbrados a tanto tiempo solos.

Borja Gascón: En gravel vas estresado con el bidón a veces, sí. Nosotros fuimos en grupo hasta la Rasquera, que es donde empieza el puerto del Cardó en el kilómetro 80, y allí cada uno puso su ritmo. Yo me quedé el penúltimo del grupo subiendo. En la bajada pasé a uno y al llegar abajo —me parece que era en Benifallet— había bocatas; me cogí uno y me lo comí sobre la marcha en la bici. Menos mal, me dio fuerzas. Continué y luego vino el puerto de Vall de Tormo. ¿Tú lo harías ya al atardecer? ¿Qué tal ese puerto?

Óscar Gogorza: Al atardecer, sí. Yo llegué a Horta de Sant Joan justo cuando anochecía. El puerto tela, sí… A mí lo que más me cansa o donde más tiempo pierdo es en los tramos de falso llano: sube, baja… Cuando es subida real cojo un ritmo y optimizo más, pero cuando es un «que sí, que no», ahí se me va la cabeza y no aprieto. Veo otros que aprietan y yo lo paso peor. En subida larga voy más a gusto. La zona es espectacularmente bonita y salvaje.

Borja Gascón: Totalmente. Monsegre es muy chulo. Seguramente no lo ves con los mismos ojos que yo; tú estarás viendo vías de escalada todo el rato.

Óscar Gogorza: Es que me paré varias veces. Héctor venía un poquito detrás y yo paraba a mirar: «¡Pero si ahí parece que no ha pasado nadie! Es un sitio maravilloso para escalar. ¿Cómo es que no lo conozco? ¡Qué pared y qué calidad de roca!». Iba alucinando. Cada loco con su tema.

Borja Gascón: Tenías la esperanza y las ganas de hacer la noche pedaleando, de hacer un non-stop, pero llegaste a Horta de Sant Joan y se te había bajado un poco la motivación. Empieza la noche, vas con el compañero… ¿Cómo lo asumiste? ¿Como una derrota o como un cambio de planes para estar mejor al día siguiente?

Óscar Gogorza: Hay que asumir de lo que uno es capaz. Mi compañero me dijo: «Yo voy a pillar un sitio para dormir, estoy cansado y no me da para ir por la noche». Y eso que él hizo la Basajaun 360 y la hizo bien pedaleando toda la noche. Yo paré en Horta a comprar comida y vi que hacía mucho frío. Me puse toda la ropa y aun así estaba helado. Decidí irme con él al alojamiento. Dormimos poco, de diez de la noche a dos de la mañana. A las dos nos levantamos y a las tres menos cuarto salimos a pedalear. Fue buena decisión porque conseguimos llegar el mismo sábado. Me encantó pedalear de noche habiendo duchado y dormido; te cambia todo. Pasamos mucho frío en los pies, pero yo pensaba: «Si estoy aquí toda la noche sin parar, me comen los buitres». No creo que hubiera sido capaz. Y mucho menos solo. Me acordaba de ti y decía: «Borja seguro que va solo».

Borja Gascón: Totalmente. Yo siempre voy solo. Soy incapaz de seguir al de delante, siempre me descuelgo, y llevo un ritmo un poco más alto que los de atrás; me quedo en tierra de nadie siempre. Pero por la noche lo prefiero. A no ser que vayas con alguien con quien congenies súper bien de ritmo y de conversación, ir solo es mejor. Me molesta mucho la luz trasera del de delante, me ciega y me despista. La noche tiene un componente mágico estando solo. Yo paré en el pueblo siguiente a Horta de Sant Joan, en Lledó, a cenar. Estaban allí dos amigos de Zaragoza: Dani, que quedó segundo, y Pablo Herrero, que quedó cuarto o quinto. Además había un finlandés que no sé qué fue de él. Ellos salieron unos diez minutos antes que yo y no me di prisa por seguirlos. Preferí ir a mi bola. Menos mal, porque ellos iban muy fuertes. Dani hizo una exhibición increíble. Yo la noche la pasé muy bien hasta Nonaspe, y después empezó un sueño como no tenía hacía tiempo. Me paré a hacer cinco power-naps, apoyando la cabeza en el manillar en mitad del páramo donde no había nada. Dormía dos minutos y continuaba, pero iba cabeceando todo el rato. Daba pena yo mismo.

Óscar Gogorza: Es que no había dónde parar. Eso es modo dando pena absoluta.

Borja Gascón: Sí, sí. Cruzamos Maella y ahí tendría que haber buscado un cajero y haberme metido media hora con la manta térmica, pero ya sabes que cuando amanece te recuperas. Tenía energía, pero me había olvidado los geles de cafeína. Alguien en la salida me dio uno —se lo agradezco un montón— pero como soy un amarrategui lo guardé para el final. Me lo tenía que haber tomado a las dos de la mañana y me lo tomé a las cinco y media. Pasé tres horas muy malas. Además me desconcentré porque el navegador —un Coros— lo había enlazado con el cambio SRAM para ver la batería. En mitad de la nada empezó a pitar: «Batería baja». Cambié la batería por otra nueva y me seguía pitando. Me rayé muchísimo pensando que no tendría cambio en mitad de la noche. De repente se paró y ya no podía cambiar; me pegué diez kilómetros haciendo molinillo en una bajada porque no quería parar a oscuras. Luego paré, le di al botón del cambio, subió y bajó solo y funcionó un rato. Al final descubrí que el Coros hacía interferencias y bloqueaba el cambio. Lo desvinculé y ya funcionó bien el resto de la prueba, pero esas cosas te despistan y suman estrés. Eso y el frío: en la fuente de Nonaspe se me mojaron los guantes al limpiar los geles de la bolsa. A un grado de temperatura y con el viento, se me metió el frío en los dedos y lo pasé fatal.

Óscar Gogorza: Es que hizo frío. Nosotros nos encontramos con un chico que se tuvo que retirar porque no tenía pila de botón para la maneta del cambio, pero sobre todo porque era un tornillo Torx para abrir la tapa y no teníamos la llave.

Borja Gascón: Sí, le vi. El pobre no sabía que esa tapa se abre con una moneda de céntimo. Él estaba intentando abrir el puerto de purgado de la maneta con un tornillo.

Óscar Gogorza: Yo ni lo miré porque no entiendo nada de mecánica. Trabajé en una tienda de bicis hace 40 años pero no sé nada actualmente. Si me pasa algo es un drama. Por eso quería ir contigo por si me ayudabas, pero ya vi enseguida que tú ibas a lo tuyo. Hubo un momento mágico en la noche: subimos un repecho y aparecieron todas las luces rojas de los molinos eólicos. Parecía ciencia ficción. Por un lado piensas: «Qué bonito», y por otro: «Vaya mierda tanto eólico por aquí». Fue un momento muy especial en la más absoluta oscuridad.

Borja Gascón: Me pasó igual. Ahí no hay nada de contaminación lumínica. En Nonaspe a la hora que tú pasaste… ¿Viste a gente animando? Yo aluciné. Pasé sobre las doce de la noche. Antes de Nonaspe bajando el puerto de tierra había un chico esperándome con el coche: «¡Vamos Borja!». Bajó detrás de mí. Al cruzar el pueblo alguien aplaudía desde una ventana. En la plaza mayor había un bar con tres tíos animando fuera. Luego me contactó por Instagram David, el del coche, para saludarme.

Óscar Gogorza: ¿En serio? Qué alucinante. A mí en la Basajaun me pasó algo parecido en un pueblo perdido de dos casas. En un banco había dos personas y me dijeron: «¡Óscar!». Llevaban mirando el Dot Watcher todo el día. Es mágico.

Borja Gascón: ¿Dónde te pilló el amanecer?

Óscar Gogorza: No tengo ni idea. Era un sitio perdido. A Valderrobres llegamos ya de día; poco antes sería. A veces desconecto tanto que no sé ni por dónde voy. Miro y veo que he hecho 40 kilómetros y me parece increíble. Me pasó al revés el primer día del kilómetro 70 al 90: pensaba que no llegaba nunca. Pero luego fluyes y avanzas sin darte cuenta. Cuando la bici corre es una maravilla; cuando no corre es una tortura.

Borja Gascón: Al llegar a Valderrobres se me hizo muy largo. Había un local de máquinas 24 horas y pensé: «Mi salvación, un café caliente». Y de las tres máquinas la única que no funcionaba con tarjeta era la del café, y yo no tenía monedas. ¡Qué bajón! Me pedí una Coca-Cola fría de otra máquina y tenía tanto frío —temblanding de mandíbula— que la Coca-Cola fría me sentó fatal. Me dieron mareos. Me saqué un bocata de tortilla, pero el frío de la bebida me colapsó. Fue un error. Seguí adelante porque quedaba una hora para amanecer.

Óscar Gogorza: Deberías haber venido con nosotros. En el primer pueblo al que llegamos después de salir a las tres de la mañana —serían las seis— pensamos que no habría nada abierto. ¡Y de repente en la plaza un bar abierto! Lo llevaba un rumano. Tenía café, croissants y napolitanas recién horneadas. En Maella fue. Le pregunté: «¿Has abierto porque sabías que veníamos?». Me dijo: «No, yo abro todos los días a esta hora». Fue maravilloso recuperar los pies y el calor. Qué fácil es ser feliz con cosas tan tontas. Te cambia el humor de repente.

Borja Gascón: Cómo cambia el cuerpo: llegas a lo alto de un puerto pensando que no puedes más y, de repente, se pasan todos los males y parece que podrías hacer siete puertos más. Una simple decisión de un café caliente te cambia el humor.

Óscar Gogorza: Totalmente. Qué frágiles somos: pasas de cero a cien por cosas nimias, pequeños conforts. Es bonito.

Borja Gascón: Tú que has pasado los 8.000 metros camino del Everest… Debes tener el umbral del dolor muy alto. Estar en el Matarraña con los pies fríos cuando has vivido a cincuenta bajo cero con ventisca… Tú ya sabrás que no te va a pasar nada, lo ves desde otro prisma.

Óscar Gogorza: Mira, lo de los pies fríos es algo que he tenido toda la vida: en el monte, escalando… Sabes que no te va a pasar nada grave, pero nunca te acostumbras; es muy desagradable. Te desequilibra. Me acuerdo escalando en hielo que me ponía de rodillas colgando de la reunión para que la sangre circulase a los pies; así recuperaba enseguida. Pero hasta que lo aprendí pasé dramas. Por eso pensaba: «¿Por qué no habré metido unos cubrezapatillas?». Como vamos obsesionados con el peso…

Borja Gascón: Hay que saber en qué invertir ese peso. Yo llevaba incluso calcetines gordos de montaña en la bolsa y me los puse al cenar. No uso punteras de neopreno porque me suda el pie, no me gustan mucho, pero los calcetines de lana merino gordos me salvaron. El plan era cenar, ponerme ropa de frío y tirar el resto de la ruta. ¿Con qué parte te quedas de toda la aventura?

Óscar Gogorza: Cuando llegas a la última cima —el Mon Caro— se ve el Delta del Ebro. Nunca lo había visto desde ahí arriba y es alucinante y precioso. Tienes el destino allí y todo lo que has hecho por detrás. Me pareció que por eso había merecido la pena el viaje. Fue un subidón. Qué sitio tan alucinante que no esperaba tanto. Se justifica todo el esfuerzo cuando estás ahí arriba.

Borja Gascón: Con el Caro me tengo que reconciliar algún día porque siempre lo subo cansado: en la Kromvoyage después de 1.200 kilómetros y tres veces en la Garba. Y siempre hace muchísimo viento arriba. Tengo que subirlo un día sin bolsas para disfrutarlo. De la ruta me quedo con el tramo entre Valderrobres, Beceite y Peñarroya de Tastavins. Toda esa zona dejada de la mano de Dios me cautiva.

Óscar Gogorza: Sí, totalmente. Son lugares donde apenas se ve la huella del hombre. Te olvidas del mundo. Esa posibilidad de estar tan lejos de la civilización estando tan cerca… Como en Chamonix: puedes estar en una vía pasándolo mal y ver las luces del pueblo abajo, la vida normal, pero tú estás como en la Luna. Aquí en bici es lo mismo: estás a tiro de piedra de la civilización pero en un paisaje lunar ajeno a todo. Es una suerte escapar así.

Borja Gascón: Estas pruebas para mí son una cápsula del tiempo en este ritmo de vida tan rápido lleno de responsabilidades y móviles. Estar 30 o 50 horas tú solo visitando sitios remotos… El ritmo se congela y valoras otras cosas desconectando del día a día.

Óscar Gogorza: Literalmente. Por eso se parece mucho al alpinismo: escalar una pared o una montaña es un viaje. He hablado con ex-profesionales como Juan Antonio Flecha o con Mazón y todos tenéis un lado montañero. A Flecha le encantan los libros de montaña, Mazón empezó yendo al monte con sus padres… Hay una conexión evidente más allá de la competición. Hay un momento en el que olvidas que estás en una carrera, simplemente estás en tu mundo y ya llegarás. Es muy gratificante.

Borja Gascón: Me hacen mucha gracia las situaciones que se dan. No sé quién me adelantó en una de mis paradas para dormir; me bajé de la bici y me eché en cuclillas. Pasó uno y me dijo: «Hi!». Tú miras la imagen desde fuera: las cuatro de la mañana, uno durmiendo en cuclillas en la cuneta… parece lo más normal del mundo dentro del contexto de la carrera.

Óscar Gogorza: Sí, normalizamos cosas que no lo son. Si en circunstancias normales ves a un tío en una cuneta en cuclillas llamas al 112 corriendo. Pero ayer cuando se lo explicaba a mis padres veía sus caras de horror; igual no tienen todo el contexto. Pero si te lo has pasado bien, pues ya está.

Borja Gascón: Tus padres estarán curados de espanto. Para ir terminando —porque me pegaría horas pero quiero que la gente se quede con ganas de leer tu libro «Montañas de luces»—, dices que normalizamos cosas raras. Últimamente está de moda Alex Honnold escalando rascacielos en Free Solo (solo integral). Sin cuerdas, una salvajada que parece que ha inventado él, pero en tu libro dejas claro que hay referentes de hace décadas. Es estar a un mal gesto de la muerte durante horas. Mi sorpresa fue leer que tú también lo has hecho. Estás como una regadera. ¿Cómo decides hacerlo en el Taillón, en el Pirineo?

Óscar Gogorza: En el Taillón, sí… Hay un momento en el que necesitas demostrarte ciertas cosas a ti mismo. No sé muy bien por qué lo hice, pero sí aprendí por qué dejé de hacerlo. El Taillón lo conocía muy bien; no eran vías muy difíciles pero tampoco fáciles. Físicamente podía hacerlo. El hielo es seguro si las condiciones son buenas; la roca me da más miedo porque se fracciona. Había quedado con un amigo pero se retrasó un día y yo no quería perder el día. Me metí convencido de que no habría nadie por ser jueves, pero me encontré a una pareja en la vía —dos chicos—. Me quedé en shock. Me dio una patada verlos porque no quería adelantarlos y vi en sus caras el horror al verme llegar sin cuerda. Me dijeron: «Tranquilo, pásanos, preferimos».

Borja Gascón: Esa conversación se da ¿a cuántos metros de altura?

Óscar Gogorza: Estábamos a 3.000 metros en el Corredor Central del Taillón, unos 400 metros de pared de hielo. Recuerdo su cara de incomodidad. Se podían haber enfadado: «¿Qué haces, loco?». Subí, luego bajé andando por la otra cara y volví a hacer otra vía en paralelo el mismo día. Al llegar arriba justo salían ellos y estuvimos hablando. No tenían mal rollo, tenían curiosidad. Esa fue mi primera vez.

Borja Gascón: ¿Y has repetido?

Óscar Gogorza: Sí, repetí otra vez en el mismo monte por la cara norte y ya se acabó. Se acabó porque me di cuenta de que es mucho mejor ir en compañía. No vas al monte para estar solo, sino para estar con gente a la que aprecias. Lo que me gusta es ir encordado y compartirlo. Por eso lo dejé, y lógicamente porque es muy peligroso.

Borja Gascón: Tu madre se alegraría cuando dijiste que lo dejabas.

Óscar Gogorza: Mi madre se enteró cuando leyó el libro. Hay cosas que es mejor no contar en el momento.

Borja Gascón: Bueno, Óscar, qué placer. Me alegro de que alguien me recomendara este libro, de haberlo leído y de haberte conocido. Que pedaleamos juntos un ratito aunque tenemos pendiente hacerlo con menos prisa o incluso ir al monte a escalar, que tengo amigos escaladores pero no acabo de encontrarle el punto. Me parece estático, por eso todos fuman debajo de la vía.

Óscar Gogorza: Sí, la escalada deportiva puede ser así, pero la de pared es más dinámica. La primera vez que vi a alguien escalar en Riglos pensé que estaban locos y que yo nunca lo haría. Me dio aversión. Y luego he escalado en Riglos mil veces. Lo que tiene la escalada es que es de las pocas cosas que te obligan a estar concentrado al cien por cien: no hay nada más que subir y no caerte. En la bici puedes pensar en todo, escalando no. Eso es lo que me atrapó, es una isla de evasión absoluta. Un día vamos a escalar juntos.

Borja Gascón: Venga, te lo compro.

Óscar Gogorza: Aproximamos en bici, tú llevas el peso que estás fuerte y…

Borja Gascón: ¡Hacemos solo integral y así no llevamos peso! (Risas). Muy bien, Óscar, gracias por venir. Un placer.

Óscar Gogorza: Muchas gracias a ti por la invitación y por tu trabajo. Gracias.

Borja Gascón: Un placer, cuídate. Espera, no cuelgues, voy a parar la grabación…

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