Os dije que a la vuelta de Transibérica os contaría qué tal había ido todo… si volvía con sensibilidad en las manos!
Y lo cierto es que estoy escribiendo con los dos índices solamente, a lo Homer Simpson, porque tengo varios dedos dormidos. Es el precio que se paga a veces por matadas como esta de estar 9 días seguidos sin hacer otra cosa diferente que no sea pedalear, comer y dormir.
¿Cuánto me va a durar esto? ¿Algún fisio en la sala que me mande deberes?
En cuanto a cómo me fue y lo que siento, la verdad es que cumplí mi objetivo de hacerlo en máximo 10 días y de llegar a meta pareciendo persona y con una sonrisa.
¿Quién lo diría con esta foto en meta eh? jaja (el bueno de Carlos Mazón que sabe sacar lo mejor de mi…)

Pero lo cierto es que me costó más de lo que imaginaba. Pensaba que bajar de los 10 días iba a ser menos exigente… pero uuuuuffff… ¡qué duro es!
Me alegro de no haber ido con la mentalidad con la que suelo acudir a estas pruebas: darlo todo y mantener un ritmo competitivo (a mi nivel). Desde el segundo día ya me di cuenta de que esa actitud, en una prueba como esta, implica un nivel de concentración y sacrificio que se me antoja muy difícil de conseguir y te puede llevar a límites a los que no llegas en pruebas menores, de 1000 km por ejemplo.
Para que os hagáis una idea, el primer día pedaleé 19 horas, solo acumulé 1h35minutos de paradas (ir al baño y comprar para comer), fui a 24km/h de media, recorrí 457 kilómetros y cuando me eché a dormir 3 horas en un cajero, iba en la posición 24ª!
Pensé: mañana la gente explotará y yo a mi ritmo, china chano, iré subiendo puestos.
Nada más lejos de la realidad.
Cada vez la gente está más fuerte, más loca, más preparada.
Así que me dije: mejor. Dejé de mirar el Dotwatching (aunque fuera por curiosidad) y seguí con mi plan de guardar fuerzas y energías para no llegar vacío al final.
Fue un viaje introspectivo, de muchas horas conmigo mismo, apenas pedaleé algunos minutos con este o con aquel, y de disfrutar de tener que gestionar en cada momento los obstáculos y retos que se te ponen por delante.
Caté todas las boulangeries de Francia, dormí en la calle y en hoteles de 3 estrellas, tiré de cabeza cuando las patas no podían y disfruté de paisajes espectaculares en los Alpes, el macizo central o la Sierra del Cadí.
Siempre queda la duda de si son sanas estas aventuras, si el precio físico a pagar compensa. Yo pienso que sí, mientras lo disfrutes. Porque es un regalo poder desconectar del mundo durante tantos días, porque tanto rato contigo mismo vives momentos esclarecedores y porque poder hacer estas cosas implica que físicamente estás sano, fuerte. Y eso también es un regalo.
Pero el mayor regalo, sin ninguna duda, es el apoyo recibido y las muestras de cariño. Gente que salió a animar a la carretera, a acompañarme algunos tramos (sobre todo en País Vasco, ¡vaya afición!) y mensajes de gratitud de gente que se siente inspirada por lo que comparto y les anima a probarlo. Así que desde aquí, mil gracias a vosotros también, me volví con el corazón bien lleno.
Me despido recordándoos que el 26 de septiembre tenemos el I Bikepacking Camp, en el que habrá de todo, y a la vez nada parecido a Transibérica. Dos días de ruta moderada con barbacoa, merendola, alojamiento en hostal de ensueño y compañía inmejorable.
Anímate y vente!













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