Con el apoyo de

… publicado originalmente como newsletter en Substack

Tanto ruido está habiendo estos días acerca de la Traka que cuesta entender qué pasó. Desorganización, trampas, falta de ética… Posiblemente, como todo en la vida, el problema está en la ignorancia y las modas, y creo que conviene recordar de dónde venimos para entender mejor lo que somos.

Foto: bite.of.me en Transpyrenees 2021 (by Transibérica)

 

Las pruebas de ultradistancia nacieron ya entrado el siglo XXI como un guiño a los orígenes del ciclismo, donde las etapas eran interminables, había poca vigilancia, la asistencia externa estaba prohibida y los controles eran muy difíciles. Así fue el primer Tour de Francia en 1903. En el de 1904, descalificaron a los 4 primeros por diversas trampas, como coger trenes para atajar y recibir ayuda externa, por lo que la picaresca siempre existió.

¿Y por qué las trampas? Pues porque el premio era una buena suma de dinero, lo equivalente a varios meses de duro trabajo en aquella época.

Lo que hoy conocemos como pruebas de ultradistancia o bikepacking comenzó en 1999 con la Great Divide, que en 2008 evolucionó en la Tour Divide que todos conocemos y que inspiró a Mike Hall a crear la Transcontinental en 2013, sentando las bases de lo que se ha popularizado después y que tanto nos gusta.

Mike Hall lo tenía claro: lo suyo era una carrera, quería a los mejores atletas en ella y que se exprimieran al máximo. Pero no quería premios para no adulterar la carrera. Con dinero de por medio todo se desvirtúa y aparecen las trampas, los casos de dopaje, gente cogiendo trenes o acortando el recorrido…

En esos años, Instagram no era nuestro escaparate y las marcas no creían en este ciclismo. No era fácil dejarse ver, pero más difícil era fingir: estaba quien quería estar. Y más o menos (obviando las diferencias de clases) todos participaban en igualdad de condiciones. Tu bici con ruedas aero ultra ligeras de 4.000€ podían ser tu condena si partías un radio en mitad de Bosnia, donde te sería muy difícil encontrar repuesto. Menos puede ser más. Esa era la filosofía.

Transpyrenees 2020

 

Pero todo cambió, como todo cambia. La visibilidad de estas pruebas fue en aumento, como también la participación y la propia Transcontinental se convirtió en una estructura ultraconservadora, con multitud de reglas y jueces velando por el estricto cumplimiento de las normas y valores que ellos defendían, descalificando a corredores por el más mínimo de los detalles, ganándose así multitud de detractores.

Paralelamente, gente u organizaciones pequeñas empezaron a crear sus propios eventos, con filosofía de autosuficiencia, con normas menos estrictas y menos “olor” a competición, a donde acudían gente con ganas de participar en algo organizado, pero en un ambiente distendido de bikepacking. España puede que sea el país donde más pruebas de este estilo haya.

 

Parece que hay unas normas mínimas comunes básicas en todos estos eventos pero, de momento, no hay organismo que las regule. ¿Hace falta? ¿No nos debería bastar con nuestra propia ética y sentido común? Parece que no.

El boom ha sido tan grande que ex-pros vienen a probar esta disciplina, y por supuesto, a ganar. Las pruebas multitudinarias de gravel, con gran tirón mediático como The Traka, crean distancias “ultra” abriéndose así a este mercado, y acuden participantes que quizá no saben bien de dónde venimos, ni la génesis de todo este movimiento.

Acusaciones de trampas deliberadas, sospechas de dopaje, comportamientos antideportivos… Ahora ya no somos cuatro pelagatos descubriendo hasta dónde podemos empujar nuestros límites. Lo que parecía el refugio de quienes, siendo más o menos competitivos, querían alejarse del ambiente tóxico y hostil de la alta (y media) competición, se sienten ahora arrinconados por una inercia que ha vuelto a poner el foco en el resultado y no en el camino; el refugio se ha vuelto escaparate.

Foto: @conmisojos – 500 Millas Cannibal 2023

 

Pero no hace falta buscar culpables, porque todos los somos en parte. Quienes recomendamos probarlo a un amigo, quienes damos voz a gente a través de un podcast, quien sube la foto de turno a Instagram orgulloso con su medalla de finisher o quien comparte las estadísticas de Strava en una story… Quizás en la misma medida que quien organiza un evento humilde y le pone un precio o quien ve un filón aquí y crea un mega evento.

Pero no nos olvidemos, seguimos siendo cuatro y el de la guitarra, solo que ahora nos encontramos todos divididos: unos quieren normas más estrictas, otros que los estrictos sean más laxos y otros que se prohiba prohibir. Somos una sociedad yonki del ruido y necesitamos crearlo. Así hemos conseguido convertir lo simple en algo innecesariamente complejo.

Un día, las tendencias, la moda o el ruido mirarán para otro lado, y volverá todo a sus orígenes. Quizá volvamos a las pruebas estilo Tour Divide, donde no hay apenas organización, ni siquiera cuestan dinero, pero sí hay filtro de selección y quien no acredite saber de qué va esto, no participa.

Lo bueno es que ahora hay dónde elegir: las hay grandes, pequeñas, competitivas o de pseudo competición, sin nada de esto y con todo mezclado, mediáticas y underground.

Pero que no se nos olvide, lo bonito de esta disciplina es su esencia pura: que siga siendo una aventura. Que quien lo pruebe salga transformado de ella, porque por un día, dos o una semana, la vida parece tan sencilla y el mundo exterior está tan en standby, que vivir y pedalear son exactamente lo mismo. ¿No crees?

Deja un comentario