Sobre The Traka, ultraciclismo, las marcas y la pérdida de pureza
José Luis, viejo amigo del blog, nos da su visión acerca de la polémica que tanto se está hablando últimamente sobre The Traka y el boom de las pruebas de ultradistancia.
Se viene escuchando desde hace tiempo, pero la polémica ha terminado de explotar tras la última edición de The Traka.
Es evidente que desde 2020 las pruebas de ultraciclismo han crecido muchísimo. Ese crecimiento ha ido de la mano del auge del gravel. Lo que hace apenas unos años eran eventos de nicho, con un carácter casi clandestino y una estética deliberadamente underground, hoy atrae patrocinadores, marcas, medios especializados y bastante dinero. Solo hay que mirar el caso de The Traka: nació en 2019 con menos de 100 participantes y en 2026 ha reunido a alrededor de 4.500 ciclistas y unos 15.000 espectadores en Girona.
Y, claro, eso gusta a algunos y molesta profundamente a otros.
A quienes no les gusta suelen justificarlo envolviendo el ultraciclismo en una especie de halo de pureza original que, según ellos, se estaría perdiendo. El argumento es conocido: antes todo era más auténtico, más libre, menos reglado y menos pendiente de patrocinadores, rankings o focos.
Precisamente eso es lo que ha estallado este año en The Traka. Parte de la polémica no gira solo alrededor de la comercialización, sino de cuestiones bastante más concretas: seguridad, salidas masificadas, interferencias entre amateurs y élite, problemas de reglamento y dudas sobre la equidad deportiva. Corredores profesionales denunciaron situaciones caóticas en carrera y medios de comunicación hablaron abiertamente de que la ultradistancia está entrando en una fase en la que ya no basta con apelar al “espíritu libre” para justificar ciertas carencias organizativas.
Y ahí hay un debate interesante.
Porque si un evento quiere convertirse en referencia internacional -y hoy The Traka ya es, para muchos, la gran cita gravel europea- entonces parece lógico exigirle estándares acordes a su dimensión. Cuantos más participantes, más dinero, más visibilidad y más profesionalización, mayor debe ser también el nivel de organización. Porque cuando hay dinero aparecen las trampas y la pérdida de honestidad que siempre ha ido asociada al ultraciclismo. No es una traición al espíritu original; es una consecuencia natural de crecer.
A mí nunca me han gustado las marchas ciclistas de carretera o MTB con miles de personas, avituallamientos gigantes, stands comerciales y un ambiente que a veces se parece más a una feria que a una salida en bici. Pero no me molesta que existan. Simplemente, no participo.
Ahora este tipo de pruebas “comerciales” está llegando a la ultradistancia y parece molestar. Entiendo que no te guste, como a mi, pero ¿molestar?
A quien no le gusten eventos como The Traka o Badlands tiene hoy una oferta enorme de pruebas por toda España y Europa: eventos pequeños, autosuficientes, ultras de cualquier tipo, brevets, rutas no competitivas y carreras donde participan cien o doscientas personas sin focos ni fotógrafos.
Esta discusión me recuerda al de la música. Al que le gusta un grupo cuando toca en un bar para diez personas y, en cuanto graba su primer disco y empieza a llenar salas, dice: “ya no es lo mismo”, “se han vendido”, “antes eran mejores”.
A veces es verdad. Pero muchas otras veces no es que el grupo haya cambiado tanto; es que se ha perdido el sentimiento de pertenencia. Y quizá eso es lo que está pasando ahora con parte del ultraciclismo.
















































